viernes, 8 de julio de 2011

Soledad

Había parado a recordar, allí, delante de el mar. El único lugar en el que uno se siente libre y tranquilo. El viento soplaba fuerte y movía su preciosa melena castaña. No sentía frío a pesar de estar en invierno. Sentía una sensación agradable, se estaba liberando de todos los recuerdos de otros tiempos mejores, estaba sintiendo el aire fresco en su pálida tez. Se quedó así un buen rato, mirando al infinito, desprendiéndose de cada uno de los momentos pasados, envolviéndose poco a poco en la soledad. Cerró los ojos y se imaginó que surcaba los mares en un barco, solamente con la compañía de los peces y las olas del mar. Siempre pensaba en eso cuando sentía melancolía. Abrió los ojos y allí estaba él. Clacó sus ojos color verde marihuana en los marrones de él. Por fin después de mucho tiempo se volvían a encontrar, nada más y nada menos que desde el 31 de Julio. Aquel 31 de Julio. Lo recordaba perfectamente: él le había regalado una rosa, una rosa blanca. Le había prometido que volvería antes de que esa rosa marchitara. Pero no fué así. Y ahora, allí estaban en la playa, uno frente al otro, sin palabras, emocionados, con las miradas fijas uno frente al otro, sin moverse. Se le escapó un suspiro y volvió a mirar al mar en vez de al hombre al que un día amó. Le cogió la mano y la acercó hacia él. Le susurró unas palabras al oído, palabras que hicieron que se le escaparan unas cuantas lágrimas de sus ojos verdes. No pudo contenerlas, no. Él, delicadamente, se las secó con la mano. La rodeó con sus brazos y por un momento sintió que era suya. Se quedaron así poco tiempo. No podía dejar que siguiera así. Se apartó y volvió a mirarlo a los ojos. Se le habían dilatado las pupilas y apenas se distinguía el color marrón en ellos. Ella, lentamente, sacó una rosa del bolsillo. Ya casi no tenía ese precioso color blanco. Era practicamente marrón, esa rosa, la rosa de sus sueños y esperanzas, la misma rosa que él le había regalado, ahora estaba marchita como el amor que sentía hacia él. Se la mostró. Él la cogió y delicadamente la guardó. Dió media vuelta y se fué. Había comprendido que el amor no es eterno, al igual que las rosas. Ella se quedó allí dos horas más, contemplando el amplio mar que se extendía sin ver el final. No esperaba habérselo encontrado ahí. Se fué a casa. Al abrir la puerta encontró un sobre. Era de él. Dentro había una rosa roja, de plástico, acompañada de una nota. Sin pensarlo siquiera, arrugó la carta. Cogió la rosa, la rompió en 31 pedazos y la tiró por la ventana. Dejó que volara por los aires, hizo que ese amor fuera libre al lanzarlo desde un sexto. Libre. Como lo era ella ahora.

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